De vacaciones a un vecino más: así terminé viviendo en Alicante

Para entender esta historia lo primero que tenemos que creer es en el sistema de pensiones de España, algo que cada vez está más entredicho. Dicho esto, que no es para nada una broma, os voy a contar cómo he acabado viviendo en Alicante. Primero fui de vacaciones, y he acabado hasta empadronado. Os cuento.

Todo comenzó con unas simples vacaciones. De esas que no sabes si saldrán bien o mal. Alicante era, al principio, solo uno de esos destinos de verano que uno escoge por el sol, la playa y el buen tiempo, o eso al menos es como te lo venden siempre en las campañas de publicidad y de turismo.

Recuerdo ir por primera vez con mi familia hace más de diez años. Íbamos porque a mi padre le gustaba mucho esa zona. Eran viajes de cinco en un Renault 18 y con la cinta del mítico Arévalo puesta para echarnos unas risas. Eran épocas en las que no se tenía la piel tan fina como ahora.

Pues bien, lo que empezó como una escapada de agosto se convirtió en una tradición, y con los años me di cuenta de que cada vez me costaba más volver a casa. No sé si eran más grandes las ganas de quedarme o de no volver a la oficina, ya que yo trabajaba en un periódico. Lo que estaba claro es que había algo en el ritmo de vida, en la gente, en el aire salado del mar, que me hacía sentir bien. Yo allí era feliz. Y lo sabía.

Búsqueda en la red

Un día, sin buscarlo demasiado en serio, me puse a curiosear en Internet. Ya sabéis, de esos días tontos en los que uno sueña despierto. Pues bien, entré en la web de una inmobiliaria local y ¡zas! Ahí estaba lo que yo quería. Un piso con terraza, a cinco minutos andando del mar, con un precio que no me pareció real. Llamé a Mary Golf Homes más por curiosidad que por intención, pero lo demás fue como la seda. Lo visité la siguiente vez que vine, me encantó, y un par de meses después ya tenía las llaves en la mano. Nunca había tomado una decisión tan importante de una manera tan rápida.

Y es que ya os digo que vivir en Alicante es un regalo. No exagero. Aquí los días empiezan con luz y con sol. Te despiertas y ves el sol filtrarse por las ventanas. En mi caso, desayuno en la terraza con vistas al mar. A veces me cuesta creerlo. Bajo a pasear por la playa del Postiguet, o si tengo más tiempo, subo al Cabo de las Huertas. El mar aquí es una constante, siempre presente, siempre azul.

Una de las cosas que más disfruto es el Mercado Central. Me encanta ir por la mañana, comprar frutas frescas, pescado del día y charlar con los vendedores. Es como si estuviera en un pueblo pero con las facilidades de una gran ciudad. Todo el mundo te sonríe, te pregunta cómo estás. Aquí no tienes que correr todo el rato. Se vive a otro ritmo, más tranquilo, más humano.

Y cuando quiero salir un poco de la rutina, opciones no me faltan. Desde una escapada a la isla de Tabarca hasta una ruta por el castillo de Santa Bárbara. Me encanta llevar a mis amigos cuando vienen de visita y ellos lo agradecen mucho. Les enseño la ciudad desde arriba, con esas vistas que parecen postales, y luego nos tomamos unas tapas por el barrio antiguo. Hay bares con encanto en cada esquina y que todos son recomendables.

No solo playa

Y ojo, porque lejos de lo que puedas pensar Alicante no es solo playa y buen clima. Tiene vida. Hay conciertos, festivales, ferias de libros, exposiciones… Siempre hay algo que hacer durante los fines de semana. Y si te gusta el deporte, este es tu sitio, porque aquí puedes hacer paddle surf, senderismo, bici de montaña… hasta yoga en la playa he probado.

Una cosa que me sorprendió fue lo bien conectado que está todo. El aeropuerto está a un paso, y desde mi casa puedo coger el tranvía para ir a San Juan, El Campello o incluso hasta Benidorm si me apetece. No necesito coche para casi nada. La verdad es que todo es una gozada, hasta el punto de que ya soy un vecino más, con empradonamiento incluido.

Así que, si estás leyendo esto y te lo estás pensando… no lo dudes demasiado. Vente para Alicante porque vas a ser feliz.

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